El debate que se ha encendido recientemente en la comunidad de Pilates latinoamericana surge a raíz de una afirmación categórica que circuló en redes:
«El 90% de los profesores de Pilates están fuera de forma.»
Esta frase funcionó como un detonante para exponer dos paradigmas profundamente enfrentados sobre la enseñanza, el cuerpo y el rol del instructor. A continuación, presento un análisis de ambas posturas y la tensión implícita del mensaje, seguido de una opinión reflexiva.
Quienes defienden la idea de que el instructor debe «estar en forma» suelen argumentar que no se trata de una cuestión estética, sino de fuerza, resistencia y vivencia constante del método.
- La pérdida de la propia práctica: Muchos instructores pasan tantas horas dando clases, formando a otros o gestionando su vida cotidiana que descuidan su propio entrenamiento, cayendo en un sedentarismo funcional.
- El conocimiento encarnado: Para enseñar un movimiento con precisión, corregir con criterio e identificar las sensaciones del alumno, se argumenta que el instructor debe «pasar el método por su propio cuerpo».
- Demostración y técnica: Se sostiene que mantener la capacidad física mínima para guiar o demostrar los ejercicios refuerza la capacidad de enseñanza.
La reacción mayoritaria de la comunidad responde al sesgo estético que históricamente ha arrastrado el concepto de «estar en forma», abordando la problemática desde la realidad de la docencia:
- La trampa del lenguaje («las formas»): En la cultura física, «estar fuera de forma» ha sido un eufemismo constante para señalar cuerpos que no cumplen con los estándares de delgadez o tonicidad (cuerpos hegemónicos / aesthetic).
- Pedagogía vs. Demostración: La verdadera capacidad de un gran instructor radica en la observación, la empatía, el ojo clínico, las adaptaciones para distintas patologías y la claridad narrativa. Saber hacer un ejercicio perfecto no garantiza saber enseñárselo a un alumno con limitaciones.
- La realidad de la vida cotidiana: Cuerpos con secuelas de embarazos, diástasis, lesiones, pocas horas de sueño o múltiples trabajos visibilizan la enorme brecha entre el «ideal de rendimiento» y la vida real de los profesionales.
- Barreras de entrada e inseguridad: Mensajes de este estilo refuerzan la falsa creencia de que se necesita un determinado prototipo de cuerpo para dar clases, alejando a profesionales sumamente capacitados por miedo al juzgamiento.
El malestar generalizado surge porque este tipo de afirmaciones utilizan una provocación empaquetada en ambigüedad. Lanzar juicios categóricos sobre el estado de los profesionales busca generar interacción a costa de invisibilizar la complejidad de la docencia.
Aunque después se intente aclarar que «estar en forma» se refiere únicamente a parámetros cardiovasculares o musculares, la realidad es que el cuerpo no existe en un vacío. Pretender que la palabra «forma» está desprovista de connotaciones estéticas en una sociedad obsesionada con la imagen es ignorar el impacto real que esas palabras tienen en las personas.
El valor de un profesional de Pilates no reside en la marca de sus abdominales ni en su rendimiento atlético. El corazón de la enseñanza es la conexión, la pedagogía y la capacidad de transformar la salud del alumno.
- La salud es funcionalidad, no apariencia: Un cuerpo funcional es aquel que permite vivir con autonomía, sin dolor y con vitalidad. Un instructor puede tener panza, secuelas de embarazos o procesos personales y aun así poseer una biomecánica impecable, un ojo clínico afilado y una empatía infinita.
- Pedagogía sobre demostración: Los mejores entrenadores no son necesariamente quienes ejecutan las rutinas más complejas, sino quienes entienden cómo transmitir el conocimiento y adaptar el ejercicio a la persona que tienen enfrente. El foco debe estar siempre en el proceso del alumno, no en la figura del profesor.
- Coherencia sin culpa: Es deseable que el instructor saque tiempo para entrenar y cuidar su salud, pero esa práctica debe nacer del autocuidado integral, jamás del mandato de encajar en un estándar para ser considerado «apto» o profesional.
Evaluar la idoneidad profesional mediante conceptos tan ambiguos y cargados de sesgo como «estar en forma» atrasa. Este debate demuestra que la comunidad del Pilates en Latinoamérica está transitando hacia un paradigma más humano, inclusivo y enfocado en la salud real, alejándose de los viejos dogmas estéticos del fitness tradicional.
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Ana María Mejía Vélez
Directora, Contrology Pilates Studio®
AMMV
