El nombre de las cosas: por qué la ignorancia fonética en Pilates también es mala praxis
No soy lingüista. Tampoco filóloga, y créeme que no me interesa en lo absoluto jugar a ser tu profesora de inglés. Pero si dedicaste años a formarte en el movimiento, a estudiar biomecánica, a entender cadenas fasciales y a afinar la alineación de tus alumnos hasta el último milímetro, no me vengas a decir que la nomenclatura no importa.
Hablar con propiedad no es esnobismo; es rigor profesional.
El lenguaje es la herramienta primaria con la que instruyes. Cuando distorsionas los nombres del equipamiento por pereza o simple inercia, no estás «hispanizando de forma libre»: estás enseñando con descuido. Si le exiges a un alumno precisión milimétrica en su articulación vertebral, lo mínimo que puedes exigirte a ti mismo es precisión al nombrar los aparatos en los que lo trabajas.
Aclaremos de una vez la anatomía fonética del estudio:
Llamar al Cadillac «Cadi-yac» (o Cadi-shac) no es una variante dialectal: es una patada directa a la historia del aparato. El nombre rinde tributo directo a la marca automotriz de lujo fundada en honor a Antoine de la Mothe Cadillac. La «ll» en francés e inglés no es una «elle» hispana ni una «y». Se dice Cádilak, con una «l» limpia al final. Articular una Y ahí no solo distorsiona la estructura de la palabra, sino que delata una lectura literal y desprevenida.
Aquí no se trata de forzar un acento fingido. Decir «Re-for-mer» con la «e» castellana es perfectamente válido porque responde a la raíz natural de nuestro idioma (reformar). Lo que resulta ridículo es inventar fonéticas intermedias o dudar frente al alumno. Si vas a utilizar la dicción anglosajona, di Ri-fór-mer con convicción. Pero lo verdaderamente crítico es entender que, en cualquiera de los dos casos, responde a una función técnica (Universal Reformer), no a una ocurrencia comercial.
Joseph Pilates era alemán, y la raíz de su silla proviene de Wunder o Wunderbar («maravilla»). Al radicarse en Nueva York, la W germánica (que suena como V) se cruzó con la W anglosajona, dando paso a una marca registrada: Wunda Chair. Decir Uán-da no es ponerse «fino»; es respetar la deformación comercial que el propio Joe diseñó para vender su «silla maravillosa» en la Octava Avenida.
Aquí la ignorancia suele rayar en lo cómico. Decir «es-pi-ne» en lugar de Espáin o soltar un «bad-rel» indescifrable solo demuestra que jamás te detuviste a leer el origen de lo que usas. Si el inglés te pesa en la lengua, tradúcelo con elegancia y rigor anatómico: Corrector de columna y Barril de escalera. El español es impecable y amplio; no necesitas destrozar un idioma si puedes nombrar la biomecánica con exactitud en el tuyo.
Incluso en las piezas accesorias hay historia. Las felpas del Cadillac se llaman Fuzzies (pronunciado Fá-sis, no «fu-sis»), por la textura de lana de oveja que Joe usaba para no lacerar la piel en las suspensiones. Y el Ped-o-Pull (Ped-o-pul) combina la raíz latina del pie (pedis) con la acción de jalar (pull). Hasta el accesorio más pequeño tiene una lógica de ingeniería y lenguaje.
La enseñanza no tolera tibiezas
El conocimiento no se demuestra únicamente en cómo ajustas un resorte o cómo corriges una pelvis desalineada. Se demuestra en la coherencia global de tu práctica.
Estudiar el origen, la etimología y la fonética de tus herramientas no es un adorno intelectual: es darle un refuerzo de autoridad y respeto a tu enseñanza. La próxima vez que te pares frente a tus alumnos o a tus pasantes, asegúrate de que tus palabras tengan exactamente el mismo nivel de alineación y control que le pides a sus cuerpos.
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Ana María Mejía Vélez
Directora, Contrology Pilates Studio®
AMMV
